Subida a la higuera cuando el sol se filtraba tibio entre las hojas, sería tal vez ya cercano el otoño, miraba el patio de tierra de mi abuela como quien descubriera un nuevo territorio, habitado por personajes y cosas más reales. Recuerdo mi mirar de entonces, la capacidad de escudriñar la textura cercana del tronco grisáceo del árbol, estratégicamente ubicado junto a la puerta de la cocina que daba al patio de atrás, y cada hoja áspera al tacto, tan diferentes a las hojas del álamo, por ejemplo o de las acacias que eran suaves y lisas. Tenía el registro de cada textura y de cada aroma de las hojas de ese patio y las del jardín de al lado que era donde yo vivía con mis padres. Pero mi mirar desde la higuera hacia el patio y los quehaceres de mi abuela era diferente. Me sentía como quien podía descubrir un secreto, una espía que tomaba nota de los sucesos desde el anonimato del follaje y los veía tal cual eran sin ficciones ni disimulos, en su cruda reali...



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