Subida a
la higuera cuando el sol se filtraba tibio entre las hojas, sería tal vez ya
cercano el otoño, miraba el patio de
tierra de mi abuela como quien descubriera un nuevo territorio, habitado por
personajes y cosas más reales.
Recuerdo
mi mirar de entonces, la capacidad de escudriñar la textura cercana del tronco grisáceo del
árbol, estratégicamente ubicado junto a la puerta de la cocina que daba al
patio de atrás, y cada hoja áspera al tacto, tan diferentes a las hojas del
álamo, por ejemplo o de las acacias que eran suaves y lisas. Tenía el registro
de cada textura y de cada aroma de las hojas de ese patio y las del jardín de
al lado que era donde yo vivía con mis padres.
Pero mi
mirar desde la higuera hacia el patio y
los quehaceres de mi abuela era diferente. Me sentía como quien podía descubrir
un secreto, una espía que tomaba nota de los sucesos desde el anonimato del
follaje y los veía tal cual eran sin ficciones ni disimulos, en su cruda
realidad.
Me
acuerdo que eso me daba cierta angustia, una angustia desconocida , como si
despegarme del piso fuera como despegarme de ser nieta , hija, alguien que
pertenecía a ese lugar y me volviera una extraña , una observadora distante y
satelital y en esa distancia la soledad se hacía palpable, real, sin
fingimiento. Justamente desde esa esfera retirada e inmóvil, veía el trajinar
de mi abuela allá abajo, observaba sus ritmos y sus sonidos, yendo a alimentar
a las gallinas, recogiendo verduras de la huerta , cortando leña. A veces se
colocaba un pañuelo en su cabeza y salía a hacer compras y todo quedaba silencioso.
Entonces
, salía del escondite y constataba la ausencia, la casa vacía, las cosas
dejadas a medio camino, la ropa por tender, la cocina a leña enfriándose, la
masa leudando, el tazón de loza con una infusión de paico fría. Y yo recorría
ese espacio con el disfrute de quien lo descubre por primera vez y lo saborea
en soledad, observando cada gesto inacabado con asombro y nostalgia.
Recorro
la casa en mi memoria, como solía hacerlo de niña, creo que en el fondo siempre
supe el secreto que quería develar, el
que me empecinaba en entender al
separarme de lo cotidiano donde todos éramos nosotros, los que nos queríamos, y
a la vez éramos tan otros, los que nos escondíamos. No sé cómo yo podía intuirlo,
pero lo sabía.
//
Había una parra que ocupaba gran
parte del patio y era la excusa de juegos y encuentros de esos, de la familia
que se reúne a comer y contarse las novedades de los últimos tiempos. Allí
abajo se cocinaba y lavaba, se mataban gallinas y sacrificaban chivos para las
fiestas. Todo un aquelarre que yo particularmente odiaba y sufría. Besar a
todos los invitados y estar quieta para ser buena nena, comer carne y ser
tocada por algún primo adolescente. El mundo de abajo era así, inhóspito entre
tantos adultos y algunos críos que éramos como las mascotas de un circo en
decadencia.
Yo creo
que existía otro lugar aún más abajo, por debajo de la tierra, una especie de
sótano donde se escondía lo que no podía ser mostrado, lo que cada familia
oculta por años y no puede ser nombrado. Un lugar con plena existencia y que
todos fingían desconocer. Lo sentía bullir, cercano, inquietante, creciendo
autónomo ,armando redes , asomando a veces en alguna mirada , una frase, un
movimiento. Me recuerdo de niña, como flotando por esos patios familiares, con
sus casas vecinas y distantes a la vez, perdida en esos intersticios de lo no
dicho y lo gritado; de lo prohibido y lo posible, del odio y del amor.
A veces me sorprendo caminando un
día cualquiera por alguna calle y lo vuelvo a sentir: siento ese submundo en
ebullición asomando como si en la alfombra se hubiese hecho un agujero y
saliera por allí una señal recordándome, que abajo aún está creciendo,
pacientemente esperando. El miedo , el miedo es la señal, "el miedo no es
voluntario ni su reacción controlable" leí hace poco, y sospecho que muy ,muy
abajo se sigue expandiendo el rizoma de nuestras oscuridades .
Las imágenes de la casa en medio
de una chacra arbolada llena de frutales me llegan rotas, fragmentadas, sin
hilván en la memoria, y sin embargo estas sensaciones de lo encubierto, lo
clandestino, lo callado las percibo claramente.
La casa
tenia habitaciones sin alma, eran cuartos fríos, iluminados a medias, con pocas
cosas, o al menos así se configuran en mi mente: una cama de plaza y media, una
mesa con la máquina de coser, un ropero grande, una ventana que daba a un
membrillo frondoso. Arriba del ropero una
caja de metal con instrumental quirúrgico . Recuerdo dormir en una de esas
habitaciones, desamparada y desesperada por las formas que las manchas de
humedad tomaban en la oscuridad . Por suerte o desafortunadamente me despertaba
a la madrugada con el ruido de ollas de mi abuela en la cocina , ella, tan
ruidosa en sus movimientos, y tan silenciosa de palabras; yo la seguía como una
sombra, pero ella casi no me hablaba, solo sus pasos ligeros y el sonido de la
máquina de coser se tejían como un lenguaje que venía a sustituir lo que callaba.
Nunca pudo revelarle el nombre de su padre a mi padre y ese no saber , hizo de
él un hombre incompleto. Calló mucho mi abuela. Silencio triste, silencio
hostil, silencio cómplice, silencio.


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